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El boleto sí se pudo cambiar, no sé cómo sentirme a respecto por un lado tenía ganas de llegar a Río de Janeiro, pero por otro me intrigaba que varias personas se refirieran a Iguazú como el paraíso en la tierra, por lo menos dos personas nos dijeron que lloraron al ver ese lugar, los extranjeros eran menos emotivos al hablar de ese paraíso pero todos coincidían en que es uno de los lugares más impresionantes no sólo del continente sino del mundo, así que en lugar de un viaje de casi dos días, nos esperaba un viaje de casi 24 horas en un autobús.

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El viaje se fue entre películas, libros y platicas, por fin estábamos en Iguazú, llegamos a un hostal a 5 kilómetros del pueblo pero era un lugar para viajeros en busca de fiesta, después del viaje no tuvimos muchas ganas de quedarnos ahí así que nos cambiamos un hotel del pueblo, lo único bueno de aquél hostal fue que durante los tres días que estuvimos ahí conocimos a Olatz y a su novio David, una pareja de vascos que nos compartieron de su tortilla mientras nosotros compartíamos comida mexicana y nos contaban durante la cena la situación que se vive en el país vasco.

A Thomas y su novia Emilie los conocimos durante un desayuno sin saber que más tarde los volveríamos a ver en México, pero eso es otra historia para más adelante.

Después de visitar el Hito Tres Fronteras nos preparamos para por fin conocer uno de los lugares que más nos recomendó la gente pero que por alguna razón postergábamos a pesar de estar ahí, tal vez no quería salir decepcionado y finalmente organizamos la salida para el día siguiente.

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El dueño del hotel se ofreció a llevarnos y decidimos perder la vista del lado brasileño (que es más caro y nos dijeron que el parque se recorre en una hora y media), mejor contratamos un paquete completo para ver todo el lado argentino.

Al llegar había una larga fila para comprar la entrada pero el dueño se metió ante los reclamos de las personas que estaban formadas, nosotros hicimos como que no entendíamos y él era el culpable de todo, (y en realidad lo era).

El lugar era un parque, nada fuera de lo común, pero sabíamos que lo más impresionante estaba al final así que fuimos a una estación de tren que nos acercaría a las impresionantes vistas que nos habían prometido.

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Al bajar del tren nos esperaba una caminata sobre una pasarela que estaba encima el río, a lo lejos se veía el vapor que produce el agua al chocar con las rocas, la pasarela era de dos sentidos y la gente que venía de regreso comentaba emocionada lo que habían visto, la expectativa crecía cada vez más.

 

 

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Los árboles no nos dejaban ver más allá por lo que apresuramos el paso y de pronto lo vimos, y nos quedamos sin palabras, recordamos a la gente que nos había dicho que era uno de los lugares más impresionantes del mundo, a la señora que lloró de recordar la primera vez que vio las cataratas de Iguazú, a los turistas que nos decían emocionados que era el mejor lugar que habían visto.

Todo eso se había quedado corto en comparación con lo que teníamos enfrente, la gente tardaba en asimilar lo que estaban viendo pero poco a poco te acostumbrabas a ese paraíso en la tierra y te dejabas llevar por una sensación indescriptible al ver  el lugar que nos rodeaba.

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Recorrer el lugar nos llevó todo el día, fue un oasis del mundo, incluso del propio viaje, fue la calma antes de la tormenta ya que nos esperaba una parte bastante estresante del viaje, días después nos quedaríamos en Buenos Aires atrapados, sin dinero y sin poder usar las tarjetas.

Pero esa es una historia para la próxima semana.

 

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