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Alejandro, partía como líder de todos los griegos a liberar Asia. Mientras que Memnón de Rodas se adelantaba siempre a sus planes y propuso que las batallas no llegaran a tierra firme, sino cortar el paso de los macedonios con la flota persa y atacarlos en el mar Egeo.

Muchas de las ciudades griegas de Asía, sometidas por los persas, lo recibieron con gusto y otras con temor.

La historia pudo ser diferente si los demás generales le hubieran hecho caso a Memnón, pero no estaban de acuerdo y prefirieron dejar llegar a Alejandro y enfrentarlo por tierra, confiados en su superioridad numérica y en el hecho de que el mejor general de éste, Parmenión, ya había sido derrotado fácilmente.

Alejandro cruzó el mar y llegó a las ruinas de Troya donde peleó aquel que había aprendido a admirar desde que estudió con Aristóteles: Aquiles. Inspirado en las hazañas de su héroe, el joven rey decidió enfrentar a los persas.

Los suministros de Alejandro sólo eran para 30 días, tenía todo en contra: los números, el terreno y el tiempo; si quería conquistar Asia, tenía que derrotar definitivamente al poderoso Memnón o sería el fin de su campaña.

Memnón conocía a Alejandro desde niño, reconocía que era un rival peligroso, pero sabía todos sus secretos, y si bien su intento de invasión era para tomarse en cuenta, no era diferente a cualquier otro. Siendo Memnón  un gran estratega, hizo alarde de su inteligencia y propuso quemar toda la tierra que estaba delante de Alejandro para que su ejercito no encontrara granjas o cultivos con los cuales reabastecerse, finalmente los satrapas rechazaron esa idea y se propusieron derrotarlo en una batalla definitiva.

 

La Batalla del Gránico.

Alejandro tenía que cruzar el río Gránico si quería avanzar, el problema es que Memnón y los ejércitos persas lo esperaban del otro lado, sabiendo que al cruzar, sus líneas quedarían indefensas y sin orden.

La grandeza de Alejandro radicó, entre otras cosas, en su capacidad para tomar decisiones de forma rápida e improvisada, cambiando y adaptándose de acuerdo a cómo se desenvolvía una batalla; Parmenión, su experimentado general, propuso que las tropas que venían de una larga jornada de marcha, descansaran a orillas del río y durante la noche atacaran por sorpresa.

Alejandro se dio cuenta que al amanecer tendrían el sol de frente, así que no dejó descansar a sus tropas, rodeó el río con una parte de sus fuerzas y cuando los persas se dieron cuenta de que ya habían cruzado el río, no pudieron organizar ni utilizar efectivamente su caballería.

 

Alejandro tomó el flanco derecho por sorpresa y se enfrentó cuerpo a cuerpo con dos generales persas a los que derrotó, después, montado en su caballo Bucéfalo, se puso al frente de sus hombres y fue abriendo una brecha por el lado derecho de la formación persa, mientras Parmenión cruzaba el río y se enfrentaba al otro flanco, y las demás fuerzas contenían la batalla al centro.

 

Alejandro siempre peleando en la vanguardia frente a sus hombres, se vio rodeado de enemigos, derrotó a varios soldados él solo, hasta que fue reconocido por dos satrapas persas, Espitrídates y su hermano Resaces, quienes ubicaron las dos plumas blancas que Alejandro portaba en su yelmo y recibió un golpe de espada en la cabeza que le abolló el casco. Cuando levantó el rostro cubierto de sangre, no vio que Espitrídates por la espalda lo decapitaría, por lo que su amigo cercano y lugarteniente, Clito ‘El Negro’, se percató de la acción y corrió a defender a su rey, alcanzando a cortar el brazo del soldado que lo iba atacar.

Algunos historiadores de la época contaron su versión: Quinto Curcio afirmó que fue el mismo Alejandro quien derrotó a los hermanos; Diodoro dijo que mientras Alejandro mataba a Resaces, Clito eliminaba a Espitrídates; y Plutarco afirma que Clito atravesó con su lanza al persa.

Sin importar los detalles, todas las fuentes coinciden en que Alejandro peleaba hombro a hombro con sus hombres, protegiéndolos, y ellos a él.

Otra cosa en la que coinciden los historiadores Diodoro, Arriano y Plutarco es que la táctica persa consistía en ubicar a Alejandro, rodearlo y matarlo en el campo de batalla, cosa que les fue imposible por las habilidades de pelea del rey, que apenas medía cerca del metro sesenta centímetros.

Alejandro estaba herido, la sangre que escurría por su frente nublaba su vista, sus generales y soldados le pidieron que se retirara de la lucha pero en cambio, se limpió la sangre, se montó en Bucéfalo y guió a sus hombres, quienes inspirados en la valentía de su rey pelearon hasta ganar la batalla.

El triunfo de la batalla del Gránico significó que 19 mil macedonios derrotaran a un ejercito de 60 mil hombres, 115 muertos del lado griego, contra 7 mil 500 muertos del lado persa, y 2 mil soldados capturados.

Alejandro consiguió su primer botín de guerra, envió a Grecia una parte, pagó sus deudas (mil 300 talentos) y envió 300 armaduras enemigas a Atenas para ser consagradas en la Acrópolis. 

 

El rey Darío III sabía que tenía que dejar todo en manos de Memnón y confiar en sus estrategias, al final, había estado a punto de derrotar a Alejandro y fue la desidia de los satrapas, así como la rápida toma de decisiones del joven rey de Macedonia, lo que inclinó la balanza en la batalla del Gránico.

Memnón  fue nombrado comandante supremo de los ejércitos persas y decidió reconquistar las ciudades griegas de Asia que Alejandro había liberado, para así cortar los suministros y fuentes de probables refuerzos de los macedonios, luego, decidió encerrarse en Halicarnaso con su ejército, ciudad y puerto que Alejandro tenía que tomar antes de seguir avanzando por tierra firme, incluso, debió hacerlo al llegar a Asia, pero ya era demasiado tarde.

Las cosas se complicaban: en Atenas, Demostenes hablaba pestes de Alejandro y trataba de convencer a los ciudadanos de abandonar su unión con Macedonia; por otro lado, los espartanos trataban de contactar a Memnón y sublevarse contra los macedonios.

Mientras tanto, Memnón encerrado en Halicarnaso, mandó a hacer más profundo el foso, llenó la ciudad de suministros y se dedicó a esperar; los arietes de los griegos se estrellaban contra la muralla día y noche, hasta que por fin lograron abrir una brecha, sólo para encontrarse con una segunda muralla más fortificada.

Furioso, el rey macedonio enfoca todas sus fuerzas en la segunda muralla sólo para descubrir que Memnón y sus hombres escaparon por la noche, consiguiendo así, retrasar a Alejandro y escapar para recuperar las ciudades griegas en Asia, permitiendo que Darío III, el rey de todos los dominios persas, convocara a todos sus ejércitos. Además, la presión sobre una probable sublevación de las polis griegas, era cada vez mayor

 

Alejandro no sabía si regresar a poner orden en Grecia o seguir enfrentando a los persas, pero la diosa fortuna se puso de su lado y sucedió que mientras Memnón asediaba  Mitilene, sus soldados descubrieron que el mercenario había muerto de causas naturales a la edad de 47 años.

Las cosas se calmaron en Grecia, Alejandro conquistó Frigia y estaba a punto de enfrentarse a una prueba de carácter más divino que militar, el famoso nudo gordiano.

La leyenda del nudo gordiano

La leyenda contaba que Frigia, una población de la actual Turquía, necesitaba un nuevo rey: el oráculo vaticinó que éste llegaría tirando un carro donde habría un cuervo posado, al poco tiempo, un hombre entró a la ciudad con sus bueyes jalando el carro donde se posó un cuervo y así, el hombre llamado Gordias, un simple labrador, fue elegido rey.

Fundó la ciudad de Gordión y allí, en un templo dedicado a Zeus, dejó su carro atado con un nudo que tenía todos sus cabos escondidos, haciéndolo imposible de desatar. Con el paso del tiempo nació la leyenda que predijo que aquel hombre que fuera capaz de desatar el nudo imposible, conquistaría totalmente Asia.

 

Alejandro conocía la leyenda y pasó por la ciudad, todos sus soldados miraban expectantes. Se acercó al famoso carro con el nudo y empezó a analizar cómo desatarlo, pasaban los minutos y sus hombres empezaron a dudar: que su rey no pudiera desatar el nudo gordiano era un terrible presagio, y los peores pensamientos pasaban por la cabeza de todos, que esperaban detrás de la escena.

Los murmullos aumentaban y finalmente Alejandro se dio la vuelta sin lograr desatar el nudo, mientras el silencio se hizo en la ciudad, desenvainó la espada y con un poderoso grito la estrelló contra el nudo que cayó al suelo deshecho, levantó la cuerda y le dijo a sus hombres:

“tanto monta (da lo mismo) cortarlo que desatarlo” 

Algunos historiadores dicen que lo desató pacientemente sin la espada, pero lo que pasó después fue lo más importante.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, un trueno estremeció el cielo y de pronto empezó a llover copiosamente, los relámpagos continuaban y todos los hombres reían y gritaban complacidos bajo la tormenta: Zeus estaba de acuerdo con la ingeniosa solución de la leyenda.

La tormenta eléctrica se tomó como un buen augurio, los hombres se sentían protegidos por Zeus y listos para conquistar Asia.

No obstante, lo que vendría era mucho más difícil que todo lo que habían pasado los macedonios, Darío III estaba al pendiente de Alejandro y puso a Farnabazo como sucesor de Memnón,  el cual, demostraría ser aún más ingenioso y cruel que su antecesor.

Continuará…

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