Puedes leer la primera parte de esta historia haciendo CLICK AQUÍ

Filipo II no sólo condenó al exilio a su hijo Alejandro, también a sus amigos más cercanos, quienes se refugiaron en Epiro. Y aunque eventualmente padre e hijo se reconciliaron, la relación seguía siendo tensa.

Los nobles de Epiro estaban molestos con Filipo II por cómo había tratado a su esposa Olimpia, madre de Alejandro; el divorcio entre ellos y el nuevo amorío del rey con una joven de Macedonia, con quien se casó.

El día de la boda, uno de los guardaespaldas de Filipo se acercó y lo apuñaló. El asesino, de nombre Pausanias, escapó a caballo junto con sus cómplices, mientras Alejandro, quien se encontraba a pocos metros de su padre, lo abrazaba por última vez.

Reconstrucción del rostro de Filipo II

Alejandro se convertiría en rey a los 20 años. Las causas del asesinato de Filipo son desconocidas, algunos historiadores lo atribuyen a una conspiración a cargo de Olimpia; otros, a los persas, unos más aseguran que Pausanias era un ex amante de Filipo y estaba resentido porque fue cambiado por una persona más joven.

Los anteriores se beneficiaban con la muerte de Filipo: Olimpia veía a su hijo en el trono, mientras que los persas dejaban el reino en manos de un joven inexperto. Macedonia, que pasó de ser un país pobre, desdeñado por los griegos, a uno rico con un ejército de élite, por lo que, a los persas les convenía tener a un rey sin experiencia, especialmente porque Filipo hacía constantes amenazas  acerca de llevar sus ejércitos a Persia.

Pausanias fue asesinado tratando de escapar y se llevó la verdad con él.

Pausanias asesinando a Filipo.

Alejando se encontraba con un reino muy diferente al que su padre había recibido: un pueblo de pastores constantemente invadidos por los ilirios, los tribalios y la gente de Tracia. Filipo les dio un ejercito, leyes, ciudades, riquezas y se volvieron una potencia militar y económica.

Tras la muerte de su padre, las polis griegas se revelaron contra Macedonia, los persas fijaron sus intereses en ellos y los nobles de la tierra estaban inseguros por el joven rey.

Alejandro se enteró de la rebelión de los Tebanos y con una capacidad de respuesta increíblemente rápida, viajó 600 kilómetros y luego de una feroz batalla, derrotó a los tebanos y a su famoso Batallón Sagrado, la ciudad quedó reducida a escombros, Alejandro ordenó que fuera reconstruida, escuchó a los ciudadanos y perdonó a aquellos cuya causa consideró justa.

El nuevo rey se ganó la admiración de sus generales y de su pueblo, mientras que a Filipo le tomó años unificar Grecia (menos Esparta); Alejandro, en pocos meses había derrotado a los tracios, ilirios y a los poderosos tebanos, y finalmente emprendió la marcha hacia Atenas.

Al llegar a las puertas de Atenas las encontró cerradas, como respetaba a los filósofos y la cultura, mandó una carta pidiendo que le permitieran pasar y él dejaría a su ejercito afuera de la ciudad. Los atenienses accedieron y fiel a su palabra, sólo entró con un puñado de hombres.

Atenas reconoció la supremacía de Alejandro y lo nombraron “Hegemón“, igual que a su padre, ese titulo le daba autoridad sobre todos los griegos, por lo que se propuso hacer la hazaña imposible que algún día su padre prometió: conquistar Asia y liberarlos del dominio de los persas.

Otra curiosa anécdota surge en esta época, estando en Corinto, sintió deseos de conocer al famoso filosofo Diogenes de Sinope. Alejandro encontró al cínico fiel a su filosofía, acostado en el suelo a lado del barril donde vivía, se paró frente a él y según el historiador y filósofo Plutarco, le dijo:

“Soy Alejandro el rey, oh Diogenes, ¿qué puedo hacer por ti?” y Diogenes le dio por respuesta: “Qué te muevas que me tapas el sol”.

Alejandro pidió a sus hombres que se retiraran y conversaron en privado durante horas. Nadie sabe lo que hablaron el discípulo de Aristoteles y el famoso Diogenes, aunque, lo único que el rey de Macedonia dijo a sus hombres cuando regresó con ellos fue:

“Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diogenes“.

En tan sólo un año, Alejandro había sometido a las polis de Grecia que se sublevaron, se había ganado el respeto y admiración de su ejercito y partía a Asia como Señor de los Griegos.

El Rey Darío III de Persia se había enterado de las hazañas de Alejandro y puso a su mejor general para enfrentarlo, el terrible Memnón de Rodas. Era un mercenario griego al servicio de los persas que sabía todos los secretos de la corte de Macedonia, incluso, conoció a Alejandro cuando era niño porque tiempo atrás le había pedido asilo a Filipo, quien lo dejó permanecer en el reino pensando que era útil tener a un aliado como él.

Sin embargo, Mentor, el hermano de Memnón, se ganó de nuevo la confianza del entonces rey de Persia y éste permitió que regresara al servicio persa, junto con sus secuaces.

Casi 12 años después, la fama de Memnón llegaba a todos los rincones del mundo, era un hombre inteligente, rodeado de aliados, que esperaría al ejercito de sólo 30 mil hombres de Alejandro, y además, conocía a la perfección al joven rey que se proponía liberar Asia del dominio persa.

Alejandro también tenía un general curtido en batallas y lleno de experiencia, Parmenion, que a la muerte de Filipo II inició hostilidades en Asia, no obstante, fue Memnón de Rodas el encargarlo de hacerle frente y lo derrotó fácilmente en Magnesia. Un año después, Memnón se enfrentaba de nuevo a los macedonios, que ahora eran comandados por un joven de 21 años en lugar del famoso Parmenion.

Esta era la prueba de fuego de Alejandro, si quería conquistar Asía tenía que derrotar a un general mucho más experimentado y fuerte que él, y sobre todo, un hombre que conocía todos sus secretos y el modo de pelear de los macedonios.

 

Continuará…

Compartir →